jueves, 14 de abril de 2011

PALABRA SOBRE LOS ABISMOS

Por: Miguel Ildefonso


Miguel Ildefonso
¿Qué nos impulsa a buscar más palabras de las que tranquilamente usamos? ¿Por qué sentimos esa necesidad de hurgar en lo inefable? ¿Por la seducción del abismo? ¿Por la sensación del vértigo que nos hace levitar? La poesía -se suele decir- nos da más preguntas que respuestas. ¿Será porque toda respuesta es estática, mientras que una pregunta es errancia, impulso, exploración? El poeta lo que quiere es motivar, inquietar, conducir hacia algo que él ha vislumbrado, pero del que no existen palabras para nombrarlo o definirlo. Busco palabras / Que sean más que palabras / Que hablen más que de sí mismas / provocadoras como largos silencios / proferidos en la oscura mañana de los deseos nos dice Juan Soto en los primeros versos de este visionario libro de poemas. Aquello que hace el poeta va dirigido a un objetivo: a la redención. Es lo que hizo Jesucristo del género humano, por medio de su pasión y muerte. Jesucristo en la cruz, tres clavos impidiendo su caída al abismo, dando sus últimas palabras. Aquella imagen es una de las posibles interpretaciones. Redimir es rescatar o sacar de la esclavitud al cautivo. El poeta nos rescata de la esclavitud de las palabras, de las convenciones y categorías de las que estamos hechos. La poesía nos libera: Redención de la sentencia interminable / y la sombra ensimismada / absorta / de quien ha extraviado el dolor / en los silentes pasadizos del espíritu.
Pero, aunque suene paradójico, la poesía no deja de ser palabra, y la palabra es memoria. Por la palabra somos lo que somos, y mediante la palabra nos renovamos: La memoria persiste / más allá de la memoria / aun sin ella misma / en el registro innominado / inmemorial / a buen recaudo / de las aviesas e inveteradas debilidades / de la especie humana. Es por ello que Góngora es un poeta actual, porque su poesía se renueva conforme renueva a la especie humana. Las interpretaciones actuales de “Soledades” no serán las mismas de antes; lo que se leyó entonces no será lo mismo de lo que leemos hoy en Góngora, puede que sea así, pero la memoria persiste más allá de la memoria. Nunca la poesía dejará de aspirar a que el hombre se convierta en un ser humano. El caudal que hay en la palabra es inagotable, y es como un archipiélago de espejos en el que cada época se ve reflejada. Ello es el cristal de lo divino, de la poesía trascendente. Y sobre este tema, de lo relativo o fugaz, ante lo eternal o intemporal, es de lo que trata esta metapoética desgarrada, encarnizada en la palabra de Juan Soto. Por otra parte, esta conciencia mítica e histórica de la palabra y la metáfora, como en Borges y Paz, es lo que lo hace destacable, por el riesgo de poetizar sobre la poesía misma.
Para terminar este breve comentario, solamente señalar que aquella encarnación del verbo sólo es posible mediante el acto de amor dantesco. La caída al infierno de Dante es el inicio de una oscura travesía llena de revelaciones. En palabras de Juan Soto: Es desde la hondura / donde emerge la palabra / su sentido abisal / la mirada en carne viva / Indescifrable caos el de nuestras voces / y los crustáceos kamikaces / estrellándose contra las rocas / Irrefrenable eco. El poeta emerge desde ese caos original para rev (b) elarse en la palabra, ante el mundo. Escribir un poema es la “comedia”, es recorrer infierno, purgatorio y paraíso, es amar. Se es Dante en cada poema. Se da amor en la escritura y en la lectura de un poema. Y el amor lo vuelve a ordenar todo: Hay en tus labios / un sabor a cristales rotos / a grieta honda / que abisma los amores sobre rocas tenaces. Juan Soto, poeta que ha bebido de la metafísica de Martín Adán, nos entrega un libro que nos motiva a hurgar en nuestro propio paraíso. Lo más impresionante no es la motivación que nos imprime, sino el contagiarnos su esperanza en que aquel paraíso existe.
Miguel Ildefonso
Apolo, noviembre del 2004
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